Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Las cortinas carmesí





Mi tiempo alejado de los ditirambos filosóficos y la crítica política en este blog me llevó por los derroteros de la literatura y los cuentos navaja. El fruto de ese andar a tientas fue este breve relato titulado: "Las cortinas carmesí", que fue inscrito en un concurso promocionado a través de las redes sociales y que tuvo la fortuna de haber sido nombrado ganador en una de las categorías a premiar. 


                                       


- Me sentía pesada; no pegué ojo en toda la noche. Quizá fuese el vaivén de delirios oníricos, entre el sueño y la vigilia, lo que drenó mis energías. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Un oscuro velo cubría mi habitación: las densas cortinas color carmesí de siempre me aislaban del mundo exterior. Hacía ya una hora que yacía boca arriba en el frío colchón, sin sábanas, ebria de hastío y ansiedad, con la vista fija al viejo ventilador de techo; embotada. Este era otro de esos días en que el despertar se presentaba mordazmente prosaico y el retorno a los brazos de Morfeo parecía la mejor alternativa. Llegaba a mí el rumor de la urbe, y si bien, sumida como estaba en mi lobreguez, no hubiese podido decir qué hora era, al menos intuí que la irrupción del alba se había dado lugar, y que llevaba más tiempo acostada del que me permitiría atender de forma puntual a las obligaciones de aquella mañana. Eso era algo irremediable - mascullé para mí – y nada cambiaría que siguiese durmiendo. 

Para lo que otros era goce, no era para mí sino una tediosa liturgia. Envidiaba a aquellos capaces de apasionarse, a esas personas que podían amar –y más les envidiaba si lograban ser amados-. Aman sus empleos, sus parejas, los libros que leen, los sitios que frecuentan y las canciones que los hacen bailar. Yo solo tenía mi cobardía: un gran miedo a la muerte, suficiente alcohol para ahogar los pensamientos y esas efímeras dosis de onanismo que acabaron en un súbito desinterés por el placer sexual. Otros sentimientos se apoderaron de mí en ese instante: la sien me palpitaba y el estómago rugía inclemente. Tras un breve intento por ponerme de pie terminé concluyendo que me encontraba acalambrada por la inactividad. Mientras tomaba fuerzas nuevamente, dirigí la vista a un rincón del diminuto cuartucho, donde colgaba un crucifijo de madera. Jamás había sido religiosa, pero el rústico ornamento había ocupado esas cuatro paredes primero que yo. La gente ama a los mártires – pensé - ¿Vale más morir por una causa que vivir por la misma? Un segundo intento por moverme: fallido. Sentía el sudor correr por mi cuello y fui presa de la inquietud; ninguna de mis extremidades respondía, como si mi cuerpo hubiera entrado en huelga para condenar la suciedad de mi alma. Todos mis músculos se hallaban en tensión y la inquietud inicial fue mutando en una horrenda claustrofobia. Los terribles hechos se sucedieron uno tras otro como un thriller clase B. 

Las horas transcurrían y permanecía petrificada pero en plena lucidez; quizás más consciente que nunca. El hambre taladraba mis vísceras y mis ojos se abrasaban en sus cuencas mientras la cabeza me quería estallar. El murmullo de la calle había dejado paso a un zumbido agudo y constante, que penetraba mis oídos en agobiante in crescendo. Presa del horror intenté gritar, pero me fue imposible emitir sonido alguno, mientras que, a su vez, desgarraba mi reseca garganta, víctima de una feroz resaca. Un hormigueo asaltó mis piernas y la sombra de una esperanza recorrió mi imaginación: “deben estar despertando” deseé con fervor, pero cuál fue mi sorpresa, ¡mi horror!, al evidenciar como el cosquilleo, después de rondar arbitrariamente por mi cuerpo, llegó a la comisura de mis labios para manifestarse como lo que realmente era: una blanca cucaracha. Inútilmente busqué sacudirme, mientras más de estas repugnantes criaturas trepaban por mi cuerpo para acudir a mi boca y hacer hogar en ella. Las cortinas carmesí parecían derretirse, empapando el suelo de un elixir sangriento. El cristo crucificado reía ante el espectáculo… 

¿Alguna vez han sufrido la parálisis del sueño? Había sufrido la parálisis de la vida. Dentro de mi gran cobardía olvidé que da lo mismo apagarse lentamente que de un soplido, y entre el sudor y mis despojos me di cuenta que ya había muerto.

                                          






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