Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

lunes, 17 de marzo de 2014

"Dallas Buyers Club": más allá de lo evidente.


Matthew McConaughey encarna a Ron Woodroof, quien tras ser diagnosticado con SIDA, resuelve convertirse en contrabandista y afrontar tantos sus prejuicios, como los de aquellos que lo rodean, para lograr sobrevivir.

No pasa desapercibido que "Dallas Buyers Club" (2013) es una producción cinematográfica que lleva de contrabando una fuerte crítica social y que pone en tela de juicio la credibilidad de ciertos organismos, exponiendo su corrupción y sus vicios. Lo que pareciera no ser tan evidente, es hacia qué o quiénes va dirigida dicha crítica. 

No fue hasta su gran éxito en la premiación de los Óscars que tuve la ocasión de conocer la existencia de esta película, aunque tras ver algunas de las escenas - tan magníficamente interpretadas por McConaughey y Leto - supe que valdría la pena verla completa. Así, adquirí el DVD del film con solo una vaga noción de la trama y el contexto en el que se desarrolla; a saber, que Ron Woodtroof  descubre que padece la terrible enfermedad del SIDA, en una época de (aún más) tempranos avances en pro de conocerla y contrarrestarla. 

Ni los comentarios en la portada de la caratula ni la sinopsis en la contraportada me dieron a priori una idea acertada de aquello que pretende transmitir historia. He de decir que, como en muchos otros casos, ni siquiera la traducción del título fue fiel al original. "El club de los estafadores", se leía en letras grandes, y abajo versaba: "a veces se necesita un estafador para cambiar el mundo".  Masticada y digerida, dedicaré unas cuantas líneas a disipar la ambigüedad en torno a la producción de Jean-Marc Vallée. O mejor dicho, la ambigüedad en torno a las interpretaciones que ha suscitado. 


No es mi intención hacer una reseña integral de la película -quienes la hayan visto conocerán sus pormenores, y aquellos que no hayan tenido el placer podrán encontrar razones para ello, aunque con la escasa presencia de esos indeseables spoilers  - ni tampoco lo es ahondar en la infeliz adaptación del título (al menos no por los momentos) sino hacer énfasis en la denuncia filosófica que la misma contiene. ¿Qué es lo que busca cambiar Woodroof? ¿A qué fuerzas adversas se enfrenta este hombre con el propósito de prolongar su vida?

Tras un juicio superficial, la rápida conclusión que puede sacarse es que aquello que el largometraje pone de manifiesto es la perversión de las grandes farmacéuticas, quienes, a raíz de la codicia desmesurada de sus directivos, son capaces de jugar con las esperanzas de enfermos terminales y poner en el mercado medicamentos que catalízan la enfermedad y agravan los padecimientos en vez de combatirlos. 

Sí, esta es parte de la denuncia, ¡pero no la parte fundamental! Si nos quedamos solo con ese aspecto, corremos el riesgo de parir una terrible interpretación del mensaje esencial del film (o al menos, una totalmente antagónica): esto es, que de los hechos relatados se desprenda que las iniciativas científicas y empresariales privadas, y fundamentalmente aquellas que se relacionan con la salud humana, no deben ser dejadas a sus anchas (o, ¿por qué no?, que sea prudente que las restrinjan por completo) y que es labor del estado la estricta regulación de estos asuntos tan delicados como la vida, que "no deben ser puestos a merced del lucro". Pero es una ingenuidad y una imprudencia creer que la verdadera villana de la película (y en la vida real) sea la libre empresa o el libre andar de la ciencia.

Por lo contrario, lo que "Dallas Buyers Club" destapa son los nefastos efectos de la intervención estatal en los asuntos de la salud: la mano negra de la burocracia.  Nuestro protagonista, héroe o anti-héroe según se lo vea, lucha por hacer justo aquello que podría criticarse a una poderosa compañía químico-farmacéutica, que es comerciar con medicamentos no aprobados por organismo gubernamental, federación o sindicato alguno; Ron busca la libertad de poder comprar y vender substancias para cualquier adulto que desee consumirlas o distribuirlas, asumiendo su responsabilidad. ¿Les recuerda esto al debate sobre los estupefacientes y psicotrópicos?

"¡Horror, estas personas están escapando al control gubernamental!"


Woodroof es llamado estafador y no cabe duda que el gobierno le quisiera adherir tal etiqueta. Ahora bien, según la RAE, estafar es: "cometer alguno de los delitos que se caracterizan por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio." y sus sinónimos son "estafar, hurtar, engañar", entre otros. No puede negarse que uno de los objetivos de Ron fuera el enriquecimiento, no obstante, ¿es el engaño o el fraude su medio para lidiar con los clientes? 

Hagamos una lista sumaria de su modus operandi: el ex-electricista, y luego contrabandista texano, se disfraza y miente al estado para pasar drogas por la frontera; más tarde se apoya en un vacío legal para venderlas a modo de membresías para su club y hace, incluso, propaganda panfletaria - vamos, que Woodroof no es precisamente el productor virtuoso por antonomasia -.Aún así, las enormes filas de consumidores, alineadas frente a su oficina, estaban compuestas por hombres que sabían que aquello que iban a adquirir no era del todo confiable y que toda la responsabilidad por sus efectos recaía sobre sus propios hombros.

Es el Departamento de Salud de los Estados Unidos, que a través de la FDA (Food and Drug Administration) impone para todo paciente, de hospital o clíninca, el uso del antirretroviral "AZT" como el único eficiente y seguro, velando principalmente por la obtención de capital y a sabiendas de sus efectos contraproducentes.  ¿No es una estafa prometer ciertos resultados pero ofrecer los contrarios? ¿No es acaso un hurto y un abuso de confianza el impedir la distribución de otros medicamentos, acabando con la libertad para escoger y para emprender por igual? ¿No es un engaño el asirse de la autoridad legal para disfrazar lo mediocre como certero y eficiente?



Que se restrinja la libre empresa solo significa que el estado tendrá monopolio y patente de corso para estafar sin dejar opción alguna.  Cuando el estado beneficia o perjudica adrede a una industria, hablamos de mercantilismo o socialismo, de ninguna manera de un Laissez Faire.

No deja de ser cierto que la industria farmacéutica, en cualquiera de sus manifestaciones, pueda tomar decisiones que vayan en detrimento de la salud de sus clientes. No obstante lo que las hace realmente malvadas no es solo su actividad fraudulenta, sino el uso de la coacción para limitar el marco de elección del consumidor y obligarle a utilizar sus productos. Cualquier empresa o corporación, sea del gremio que sea, que utilice mecanismos de coacción (que solo pueden ser el crimen o la colaboración gubernamental) para sobresalir ante la competencia, o para imponer el uso de su producto, difícilmente puede llamársela de libre mercado, puesto que sus herramientas para competir no son la calidad o la persuasión, sino el poder para obligar a otros hombres.

A través de la liturgia burocrática el gobierno sirve a los intereses de compañías parásito, o de sectores empresariales enteros, a costa de otros (la mayoría de las veces, a costa del libre avance de las ciencias y las tecnologías). De igual forma establece jerarquías por encima de las prioridades y el bienestar de los individuos que conforman su ciudadanía (a eso lo llaman "bien común") y consiguen complicar, comprometer o frustrar, con la excusa del orden, cualquier proceso de vital importancia para el desenvolvimiento pleno de sus ciudadanos, al nivel de llevarlos a procedimientos legales en los que otros decidan por ellos si tienen o no derecho o autoridad sobre su propio cuerpo. ¡He aquí el verdadero villano!

¿Quiere decir esto que el estado debe mantenerse por completo alejado de nuestras relaciones mercantiles? Ni mucho menos. La labor de protección al consumidor es imprescindible y es indispensable la existencia de un organismo imparcial que pueda juzgar en los casos en que un hombre sienta violada su parte del trato en sus relaciones de intercambio comercial, o bien cuando se vea directamente perjudicada su vida o su integridad  a raíz del engaño o la mentira de terceros. Aclarando, a pesar de que parezca una perogrullada, que la labor de un gobernante es gobernar y no mandar; ser árbitro imparcial y velar por las reglas de juego, no por los intereses de una casa de apuestas. 

Firma: ( ¡alerta, más spoilers!) "D.B.C" es una emotiva, cruda e inteligente historia que muestra como en un esfuerzo por ensanchar sus libertades individuales y con motivaciones puramente egoístas (la terquedad en el afán por su propia supervivencia y su búsqueda por el enriquecimiento) Ron Woodroof logra superar las barreras del prejuicio, rompiendo con su homofóbia y llegando a entablar una fuerte amistad con el transexual Rayon (también enfermo de SIDA), amistad que comienza como una simple colaboración, una "sociedad" en torno a un interés mutuo, pero que acabará defendiendo a capa y espada. 

De forma análoga, llega a beneficiar a un gran número de seres humanos (que como él padecían tanto la horrible enfermedad, como el ominoso tratamiento al que eran sometidos por la FDA), no solo al ofrecerles alternativas que ensancharon sus horizontes de posibilidades y que, en efecto, mejoraron su calidad de vida, sino por la repercusión de su lucha legal, que abrió los ojos sobre la letalidad del AZT y obligó a la Federación a prescribir dosis más bajas (y por ello menos tóxicas y más efectivas) del medicamento. Todo esto, reitero, fruto de una iniciativa individual y egoísta.

En estas instancias me veo obligado a citar las conclusiones de otro artículo de opinión referente al trasfondo conceptual de este film, escrito por Gabriela Calderón de Burgos para "www.elcato.org" (el enlace redirige directamente al artículo en cuestión), de forma concisa y elocuente:

"Muchas veces se presenta a la libertad individual para tomar decisiones en el ámbito personal como algo divorciado de la libertad económica. Dallas Buyers Club es un poderoso argumento de por qué la libertad individual es una sola: la misma que nos permite decidir qué sustancias consumir así como también qué sustancias vender y comprar. No se puede perder la una sin eventualmente perder la otra."


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