Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

viernes, 27 de junio de 2014

Veinte mil rojos claveles.




Fue, tácticamente, la batalla perfecta. Entre el millar de hombres decididos reinó el coraje y el buen juicio. La vanguardia arrasó con precisión letal: una avalancha de espíritus violentos e intratables, pero de alguna forma virtuosos. Cada combate se resolvió como una ráfaga, en intermitentes arrebatos de furia y ardor; una bélica sinfonía, todo movimiento un frenesí, toda pausa un final apoteósico.

Fue, como desenlace, una trágica ironía. La gloria se escurrió cruelmente, como el hijo que muere nada más nacer. Entre los despojos del enemigo vencido, sobre el aún tibio cadáver de una victoria, llegó un mensajero: hemos perdido la guerra.



Era tal la descomposición en el rostro de los vivos, que difícilmente podían distinguirse de los caídos. El hábil guerrero que burló a la muerte se vio deseando yacer con el pecho atravesado por una espada de cristal, que al quebrarse llenara sus arterias de puntiagudos fragmentos. Si ello le hiciera correr sólo dolor por las venas, y suspirar chorros carmesí, el destino habría sido menos cruel.

Negar aquel fracaso era la negación de todo éxito. Pensar en sobrellevar semejante derrota habría sido la más baja afrenta a Ares; la puñalada traicionera a Dionisio. La certeza era total. la superación de esta tragedia no podía darse sin deshonrar toda gran pasión, o toda buena razón: quedar por siempre con un alma inepta e insensible: la negación del valor, de lo bello, de lo bueno, de la vida.

Muere el deseo beligerante, como tributo al mismo, y muere el cuerpo como tributo al alma. ¡Que las larvas pueblen las inhóspitas llanuras y en los campos Elíseos florezcan veinte mil rojos claveles!.

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