Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Bajo las faldas de Marilyn.



   Para el maniqueo, el diagnóstico es doble: hemiplejia moral y miopía intelectual. Por otro lado, el posmoderno padece de un esnobismo neurótico y una parafilia por lo protagórico. De aquí que Sócrates sospechara de su propia necedad (y de la pura sospecha lo mandaron de paseo a los campos Elíseos); pero, sobre todas las cosas, de la necedad de los demás. El Oráculo habló en su favor.

  ¿Cuál es la frontera entre un filósofo y un sicofante? Nosotros, los fatuos, petulantes de oficio, dejamos la mesura unas tres o cuatro estaciones atrás. "Hablamos como si supiéramos" y también hablamos de lo mucho que hablamos (como este escrito). Por lo mismo hemos olvidado la diferencia entre vencer y convencer, con todo el rollo de que el diálogo racional no es más que una guerra sublimada. Capaz y la verdad es como aquello que esconden la faldas de Marilyn (sé que Heidegger usó una alegoría más elegante). Desde el ángulo correcto, y gracias a la brisa fugaz del subsuelo, se puede entrever, vagamente, dejando mucho a la imaginación. Por eso me parece que el verdadero filósofo no alcanza nunca la ataraxia, como no la alcanza nunca quien mira, así sea de reojo, unas piernas así. La curiosidad se ve azuzada por aquello que permanece parcialmente oculto.


  Respondiendo(me): Un skeptikoi no es basto (no se oblitera, diría Ortega) porque la duda no es un fin en sí misma, o, a saber, es parte de un cíclo. La eudaimonía es un ejercicio, y Sofía, nuestro telos. Maniqueos y posmodernos yerran porque no sospechan: yerran por su vulgar temeridad. La prisa de sus juicios oscila entre la comodidad y la mala intención; la naturaleza de los mismos, de una ramplona satisfacción. Como aquel que, después de comer con presteza, se derrumba en su sofá, barriga al descubierto. Dicho con sorna, el problema es que estos no han dado un sólo bocado.
  Digo estos, y quizás es nosotros. Vamos al ágora a dar una clase magistral, en medio de un coro de monólogos intermitentes que se yuxtaponen en canon. Incluso este mismo escrito, con pretensiones de pródromo, es como aquel famoso barbero de Russell (y con más actos que aquel otro de Sevilla). Mea culpa. Toda la parafernalia terminológica y el alarde de elocuencia hacen de mi apología a la intelectualidad un combustible inagotable para los defensores del irracionalismo (a quienes alegremente he llamado posmodernos) y no es como si todo discurso racional tuviese que rizar el rizo. Mea máxima culpa. Pero que no confundan el asumirse con el arrepentirse. “El que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable” (dijo alguna vez Baruch, el bienaventurado maldito).

  ¿Sicofante o skeptikoi?: ezquizofrenia paranoide. Fin de la verborragia.

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