Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

martes, 6 de octubre de 2015

El escribidor.



Se equivocan quienes creen que un escritor escribe para los demás.

Si partimos del hecho de que la herramienta del escritor es el lenguaje, y de que su técnica y compendio de recursos no son sino maneras de comunicar algún mensaje de forma más fidedigna, precisa o elegante, lo afirmado al principio de este texto parece una soberana tontería para cualquiera que no sea un egocéntrico solipsista. Para evitar ese exabrupto diré entonces que un escritor que se precie no elige ni el contenido ni la forma de su escrito con la finalidad de lograr el agrado de los demás.


Pero entonces, ¿deja el pedagogo de ser escritor por pensar su escrito de acuerdo a un público específico? ¿Deja de serlo el jurista que escribe para su polis, y otros ejemplos análogos? Supongamos que estos sean casos en lo que se escribe en función de los demás (pues no sería complicado argüir lo contrario, es decir, que para el escritor su texto es un fin en sí mismo); sería injusto, con total evidencia, negar el talento de aquellos que honran estas u otras profesiones semejantes, y más injusto sería negar la belleza de las más resaltantes obras de esa naturaleza. Pero en cuanto a qué hace a un escritor, serlo, cabe seguir adelante con el axioma del encabezado (cabe agregar además que labor del pedagogo no es la del literato ni se le puede exigir a ambos lo mismo. Para el artista la prioridad no es el contenido, sino la forma
).

Sí, quizás escribimos locos de pasión por otra persona, un evento o un lugar; también es cierto que quienes aspiran a vivir de esta profesión esperan vender lo suficiente para llevar, cuanto menos, una vida digna. Pero la perspectiva de ser leídos o de obtener cuantiosas ganancias del resultado de su trabajo no es, tampoco, la causa final del idilio entre el escritor y las letras. Tanto el éxito, como la riqueza, el respeto o la admiración, son, a lo sumo, meras causas eficientes. Que no se entienda esta premisa como una conjetura ingenua o comeflor, ni tampoco como un rechazo al lucro, la fama o la claridad que hace accesible a un escrito: eso sería una ridiculez. Se trata de una inquietud más que valida: ¿qué hace a un escritor, serlo? ¿Recibe un hombre su estatus de escritor gracias a su obra, al carácter intrínseco de su actividad, o le es otorgado exclusivamente por el consenso y lo socialmente establecido?

Creo que he demarcado lo suficiente aquello que entiendo por "escribir para los demás", pero le daré algo más de precisión a la idea. En el párrafo anterior asomé que escribir con claridad no equivale necesariamente a escribir para los demás, y esto sucede por la misma razón que escribir para alcanzar certezas no equivale a escribir para complacencia de los demás, aunque efectivamente la verdad sea algo que persigan todos los hombres. De ser esa la principal cualidad de una obra literaria –a saber, la de ser pensada en virtud de la cantidad de lectores que acogerá, o la cantidad de capital que producirá-, sería imposible de distinguir, al menos conceptualmente, a un escritor de un artesano o un comerciante de mercancías. Mucho menos a un escritor de un juntador de letras. Ya respecto de si podemos establecer un criterio objetivo de lo que es un buen o mal escritor, más allá de que domine, como mínimo, las reglas elementales del idioma en que se maneje (y muchas veces hasta esto es prescindible), salta a la vista que dicha tarea resulta banal e incluso infructuosa, pero afirmo que es posible delimitar lo que un escritor no es (y dado que toda definición es en esencia una negación, tampoco es un mal camino para emprender).

Aquello que no es, es justamente eso: alguien que escribe para los demás. Bajo esa premisa se puede ser un transcriptor, alguien que copia o coge dictado, o incluso un autor de best sellers, pero no un escritor (y no porque un escritor no pueda ver su obra convertida en un best seller). ¡Y es que incluso el escritor fantasma pone algo de sí en la obra! Como aquel falsificador que copia con maestría el cuadro de un famoso autor, pero atenta contra la rigurosidad de su plagio por el impulso irrefrenable de hacerlo suyo y dejar una huella en él. 


La obra literaria, como obra de arte, posee su propia existencia fenomenológica en la medida en que es objeto de la experiencia de uno y muchos sujetos, y como objeto de conciencia que puede ser conocido, pensado y re-pensado cientos o miles de veces. En ese sentido cualquier escrito puede abrir mundo (esto es, enriquecer la cultura y dar paso a la reflexión). Pero lo que está en discusión tampoco es eso: alguien puede, como el burro que sopla la flauta e inunda el espacio de una bella melodía sin saber el porqué, dar a luz una obra que trascienda a la eras, y no ser, propiamente, un escritor. El telos del escritor es, por el contrario, inmanente. Claro que, para empezar, un escritor tiene que escribir con asiduidad (el agua tibia; se es en la medida en que se hace) pero además, el escritor lo hace expresamente para desembarazarse de algo, para develarse a sí mismo aquello que sólo la mentira puede iluminarle brevemente. Y lo hace minuciosa y casi obsesivamente, buscando plasmar una estructura, un canon tácito que es inexorable imperativo de la cosmogonía de su mente.


El escritor, como todo artista, es en esencia un organizador, alguien que desarma y destruye el mundo de las ideas para volver a ensamblarlo en una combinación única, precisa y poderosa. Ya sea en esporádicos trances extáticos o en un ensimismado hábito de oficinista, el espíritu del escritor se pierde, como en un éter, en la perpetua aspiración al orden; a esa armonía hegeliana que sólo se da cuando abrazamos la entropía.

¿Entonces por qué publicar? ¿Por qué subir tus escritos a un blog o una red social? Valdría más, me objetarán, escribir en un archivo Word y mandarlo directo a la papelera al finalizar. Tú, Manuel, no eres un escritor, porque buscas darle difusión a tu verborragia acartonada (y sin rastro alguno del rencor piromaníaco de Laín Coubert). 

Un escritor no escribe para ser leído, respondo, pero desea ser leído por lo que escribe. No ser leído es siempre una triste fatalidad, porque asoma ese temor metafísico que es la soledad. No recibir feedback significa que tu obra no llegó a nadie que pudiese contemplar siquiera un atisbo de lo que quisiste señalar con ella; significa que no has podido establecer un vínculo, ese vínculo íntimo y secreto, con alguien que entienda el mundo, o al menos aquella ínfima parcela del mismo que decidiste destapar y exponer tal y como se te presentaba, en fin, que sienta por un momento lo que tú (que a lo mejor sí vivimos una realidad solipsista, gorgiana, y lo cognoscible es incomunicable, pero imaginamos que el otro comparte el sentimiento o la idea y a veces eso es suficiente). 

Miente quien afirme no haber sentido entusiasmo ante unas sinceras palabras de elogio, o un comentario de quien se sumerge en la lectura, y ríe, se inquieta, llora o se asombra contigo. Miente quien afirme no haber sentido lo contrario, la desilusión. Pero incluso esta perspectiva no se asoma durante la formación de la obra, por más sentimental, orgulloso o vanidoso que pueda llegar a ser el escritor. Ni siquiera la disposición afectiva a agradar debe confundirse con una inclinación a escribir para otros.

Eso que salva la brecha entre el escrito y su efímera perfección (que será imperfección segundos más tarde para el inconforme demiurgo) no es el deseo de que terceros nos comprendan, sino el de comprendernos nosotros mismos y al reflejo del mundo que se proyecta a través de nuestra existencia (un mundo en el cual permanece una infinita reserva de apropiaciones posibles) y que se refleja en nuestros párrafos. El hacer y el pensar sobre el hacer; drenar la inquietud, dar rienda a la pasión por nuestro orden, y entender qué demonios dice eso sobre nosotros mismos. Configurar un texto es configurar la vida, y a cada escrito es una nueva configuración, que hace y rehace, forma y reforma. Luego, un eterno ciclo hermenéutico.  
Quien escribe para sí está buscando la verdad, sea esta la que sea y se manifieste como se manifieste. Como alétheia si prefieren: busca desocultar(se) algo. Escribir por y para uno mismo es escribir con honestidad.

No es que la figura del escritor sea equivalente a la del místico eremita, que, como Zaratustra, se aparta de la civilización. No es que estar al alcance de los lectores sea factor excluyente de la tarea de un escritor. Todas estas son virtudes, pero no requisitos, son consecuencias de lo que hace un escritor, no su condición de posibilidad. Estos atributos van de la mano, un paso adelante, de quien ve por encima de ellos, porque cuando se escribe como actividad vital, vivificante, se escribe principalmente para uno mismo.


Alguien podría argumentar que, pensada así, la escritura se muestra como una acitividad sumamente banal. Y no es sorpresa que los amantes de lo útil rechacen aquellas actividades netamente privadas, con su afán de dar cuenta al colectivo hasta por la respiración y las heces. A ellos les digo: a veces las actividades banales aportan mucho más a la vida que las supuestas causas más elevadas. A Hegel y Heráclito los apodaron de "oscuros", y su contribución a la filosofía, y al quehacer intelectual en general, es invaluable. Y es que el valor del texto no se manifiesta de forma unilateral y se encuentra allí aunque no resulte especialmente evidente a la disposición del lector; no se achaque al escritor lo que es falla en la facultad de quien visita su templo.

No lo entretengo más. Quizá para usted, lector, yo no sea un escritor, sino un escribidor, y ante esa pérdida de jerarquía no tengo nada más que decir. Pues aunque el rastro de signos que mi divagar ha dejado a su paso tenga un orden, no hay que confundir orden con mandato.


Manuel Gerardi. 2015 

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