Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

miércoles, 6 de enero de 2016

El gobierno japonés y la miopía pragmatista



Cultivar la ciencia por la utilidad práctica, inmediata, es desvirtuar el alma de la propia ciencia” (Malba Tahan – El Hombre que calculaba).

                Recientemente se difundió la noticia de que el gobierno japonés habría propuesto cerrar las facultades de humanidades, en un gran número de universidades de su país, como parte de una política orientada a invertir los fondos para la educación superior en destinos de mayor utilidad para la nación; de acuerdo con el discurso de sus políticos, ni la filosofía ni las artes, por mencionar algún ejemplo, pueden considerarse de utilidad en la construcción de una sociedad más eficiente.

                Y posiblemente tengan razón en algo: ni la filosofía ni las artes responden a la necesidad de una utilidad o practicidad concreta; pero sus conclusiones podrían ser precipitadas. La cuestión es si esa fe en el pragmatismo, aunada al rechazo por lo especulativo, no es sino un caso de miopía intelectual.
                El menosprecio por el quehacer teórico y la actividad intelectual libre es, en última instancia, una mala comprensión respecto del propio espíritu científico y un sesgo cognitivo que ha cobrado fuerza con la proliferación de las políticas de planificación estadal, pero que se asienta en otra clase de prejuicios.  

La filosofía y lo superfluo

                "La filosofía cuida su aspecto de perfecta inutilidad (...) si a alguien buenamente le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatía humana; pero no vive de ese  provecho ajeno, ni lo premedita ni lo espera”  (Ortega y Gasset - La Rebelión de las Masas).

                Me perdonarán que como estudiante de filosofía pretenda abordar este tema desde la perspectiva de mi carrera y dejar de lado otras consideraciones interesantísimas que corresponderían a las demás parcelas del estudio de las humanidades. Sin embargo, confío en que los puntos señalados puedan aplicar a todas por igual.

                Los licenciados en filosofía no dejan de preguntarse por el sentido y la utilidad de su carrera, y, por lo general, cualquiera que se entere de nuestra profesión nos hace el favor de recordarnos la relevancia de dicha preocupación. Yo mismo he tratado de encontrar una respuesta satisfactoria a esa inquietud, no tanto para justificarme ante mí mismo o para dar cuenta de mi elección de vida ante los curiosos e incrédulos, como para comprender un poco mejor cuál es la esencia de la filosofía.

                Pensé en empezar por definir qué cosa es aquello que hace a un filósofo serlo, o bien, en qué consiste el filosofar. Durante un tiempo supuse que se trataba de encontrar respuestas a las cruciales interrogantes del hombre y de construir estructuras teóricas que nos ayuden a forjar criterios para afrontar de manera exitosa las circunstancias de nuestra vida. Una aspiración bastante ambiciosa tomando en cuenta que todas y cada una de las tentativas esgrimidas por los más renombrados exponentes de la historia de la filosofía han encontrado sus detractores, críticas y contraargumentos lo suficientemente sólidos como para descartarlas casi por completo (aunque hay quien dirá que una teoría no debe responderse desde otra, sin faltarle en ello razón). Mi abuelo solía comentarme al respecto: “de qué sirve lo que diga un filósofo, por más convincente e impresionante que esto sea, si mañana saldrá uno, aún más convincente, a desmontarlo”. Pero además, entendí que considerar la importancia de un filósofo exclusivamente por las respuestas que éste da a las incógnitas que ha buscado resolver por medio de su obra, suele llevarnos a descartar a aquellos pensadores con cuyas conclusiones diferimos e incluso a tacharlas de irrelevantes y hasta nocivas. 

          Entonces concluí que revisar, problematizar y diferir de manera coherente respecto de las teorías de los demás pensadores es precisamente el mérito de un filósofo y aquello que lo gradúa como tal: o dicho de otra forma, ser capaz de ensanchar los límites del pensamiento, al encontrar nuevos problemas y nuevos horizontes de discusión no explorados, es el logro más importante de un pensador, y algo que algunos hombres de acción pasan de hacer.

El señorito satisfecho

                Lo cierto es que las autoridades japonesas  desestiman la necesidad de la filosofía, o de cualquier otra carrera de humanidades, para resolver lo que ellos denominan como un problema de estancamiento en la economía. Asimismo,  les preocupa la escasez de profesionales especializados en áreas técnica (enlace a la noticia).  Llama especialmente la atención que esta propuesta de planificar la educación superior en torno a premisas pragmatistas no surge de cualquier autoridad burocrática, sino del propio ministro de educación japonés: Hakubun Shimomura.

                Esto puede responder a distintos factores, ya sea una visualización miope o precipitada del problema en cuestión, o bien un rasgo particular de la sociedad japonesa. Si bien sus autoridades se muestran preocupadas por una suerte de crisis económica (y aquí hago dos acotaciones: el término crisis parece desproporcionado, y, en todo caso, podría tratarse más bien de un estancamiento intelectual) los japoneses no parecieran creer que pueda hallarse algún problema con el cúmulo de premisas en torno a las que hacen sociedad.  Es más, se ven sobre unas bases sólidamente establecidas; un fuerte andamiaje en donde sólo resta construir. Y esa es la trágica paradoja: el raudo progreso tecnológico y social, causante de esa sensación de plenitud, podría catalizar los elementos para su propia degeneración.

                Ortega y Gasset observó este fenómeno señalándolo como el rasgo cultural distintivo de la nueva clase de hombre que emergía con el siglo XX (La Rebelión de las Masas). Para Ortega, el hombre moderno contempla el desarrollo tecnológico como si se tratase de un hecho tan certero como lo son las leyes de la naturaleza, ignorando su inestabilidad y el extraordinario compendio de esfuerzos humanos de los que íntimamente depende. A diferencia de otras épocas, el intelectual no se esfuerza en forjarse una educación integral, ni le interesa nutrirse en una rica cosmovisión, sino que ha proliferado la especialización en pequeñas parcelas del conocimiento.

                 Esto, sin duda, ha permitido la rápida evolución de la técnica en las distintas ramas de la actividad científica, pero también ha originado un progresivo descuido de las ciencias puras y la actividad especulativa, lo que Ortega señala como un grave error y como el augurio de un futuro estancamiento y finalmente la detención de un progreso cuyo fin nos parece ahora inconcebible. De manera que siendo la revisión de las premisas, la problematización y la actividad propiamente científica y metacientífica lo que engrasa los engranajes de la enorme maquinaria tecnológica, parece inverosímil que Japón, aquejada de problemas de índole económica, vinculados a su vez con otros de carácter social, ecológico, geográfico y hasta psicológico, pretenda resolverlos dando la espalda a los humanistas que podrían ahondar en ellos y decida, casi por unanimidad, enfocarse en afilar los instrumentos para su techne, como quien construye sobre ruinas: “(…) se vive con la técnica, pero no de la técnica. Esta no se nutre ni respira a sí misma, no es causa sui, sino precipitado útil, práctico, de preocupaciones superfluas, imprácticas.” (Ortega Y Gasset - Positivismo y Técnica, La Rebelión de las Masas). Son esas preocupaciones “superfluas e imprácticas” las que resultan de vital importancia para evitar la  paralización de las ciencias y la técnica en general.

         Ortega no es el único en defender lo aparentemente “inútil”. Juan Nuño, respecto de este mismo tópico, afirma lo siguiente:

         "En el contexto práctico de una civilización cada vez más avasallante, obsesionada por la      búsqueda de la eficiencia y el éxito nada tiene de extraño que se le pidan cuentas a la filosofía atendiendo a unos imaginarios resultados y pensando en algunos hipotéticos servicios. En lugar de asediarla, como antes, con los criterios de validez, coherencia o significación, ahora se procede a preguntar insolentemente para que sirve. Como a las cocineras. Pues bien: convendría de una vez por todas despojarse de complejos y falsas vergüenzas y reconocer que justamente servir, como los sirvientes, los paraguas o los  ministros, no sirve de nada. Si por servir se entiende lo expresable en porcentajes de productividad y per cápita. Frente a un orden de valores oficialmente utilitarios, no sería  malo lanzar un manifiesto con defensa de lo superfluo." (Juan Nuño -  El desconfiado y la  Piara de Circe.)


La osada pretensión del planificador

                Otra idea que podemos, como mínimo, poner en tela de juicio, es que el gobierno esté en capacidad de prever cuáles son las carreras que efectivamente contribuirán al desarrollo del país en detrimento de aquellas prescindibles. El problema del enfoque primitivo de las ciencias, entendiéndolas como algo metafísicamente dado, se extrapola aquí al estado con sus mecanismos e instituciones. Parafraseando a Ortega, ese hombre nacido al amparo de la tecnología y del estado es un señorito satisfecho con el alma obliterada, conforme con su cúmulo de ideas y dispuesto a imponerlas indiscriminadamente, sin oír ni someter sus juicios a diálogo alguno, pues se cree completo y en lo cierto. Este “hombre masa” es simpatizante de la acción directa, y por ende esperará del gobierno, aquel ente anónimo encargado de representarle, que desempeñe su labor de la misma manera y que ponga todos sus resortes y poleas a disposición. Creerá que corresponde al estado imponer de la misma forma en que él impone. Pero esas “esperanzas que en la planificación pone, no son (…) el resultado de una visión amplia de la sociedad, sino más bien de una visión muy limitada, y a menudo de una gran exageración de la importancia de los fines que ellos colocan en primer lugar”  (Friedrich Hayek , La “inevitabilidad” de la planificación - Caminos de Servidumbre).

                Creer que le corresponde al gobierno dirigir los objetivos a perseguir por parte de los intelectuales y condenar las iniciativas espontáneas como egoístas y baladíes denota una preocupante torpeza. Primero, porque por lo general esos esfuerzos espontáneos y voluntarios que responden a una apasionada y particularísima inquietud repercuten en beneficios para toda la humanidad (incluso cuando esa no es su intención), pero también porque ese afán por dirigir todos los esfuerzos en pos de un objetivo específico sólo cercena las venas de la ciencia, interrumpiendo el libre flujo creativo y limitando el número de rutas que pueden acercarnos a la episteme.  

                Los políticos suelen disponer de los intelectuales y académicos como "recursos", cerrando a unos u otros las puertas  de acuerdo con lo que se erige circunstancialmente como la prioridad. Opinan sobre qué es necesario y qué contingente, qué debe producirse y quiénes deben hacerlo, y casi siempre desde la más absoluta arbitrariedad y unilateralidad. En Venezuela vivimos hace poco un episodio de esta clase, con el gobierno tomando el control del IVIC (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas) y declarando, sin no poca ambigüedad, que eliminarían aquella ciencia “que no fuese útil para el pueblo” (enlace a la noticia). Hay quizás una desmedida confianza en la planificación estadal, en las políticas intervencionistas y en capacidad de los gobiernos para anticiparse a cosas que inexorablemente se sobrevienen. Pero, sobre todo, en los juicios surgidos desde la inmediatez. La mayoría de esos planes por "dirigir la ciencia" hacia algún lado, terminan llevándola a ninguna parte.

                Un burócrata (“los pobres de espíritu consagrados a actividades prosaicas y en gran parte mecánicas, ajenos a los problemas más profundos del destino humano y su filosofía” – cita de Karl Popper, en La Sociedad Abierta y Sus Enemigos), desde su despacho, no tiene jurisdicción para decidir cuál será el siguiente paso de un investigador en bioquímica, astronomía o, digamos, física teórica, no sólo porque no entienda de física, sino porque el próximo gran avance en la materia podría venir del último paper de un físico interesado en la filosofía, el arte o la computación.  ¿Tendríamos donde calentar nuestros alimentos, en cuestión de minutos, si Percy Spencer no hubiese tenido la libertad (que también el estímulo) para intentar un nuevo tipo de radar militar? ¿No ha habido retroalimentación entre la tecnología que usamos para resguardar nuestra salud y la industria del entretenimiento digital, que responde únicamente a las necesidades de la sociedad de consumo?

Mundanización

                A fin de cuentas, ¿para qué sirve la filosofía? Se pregunta el hijo de una contemporaneidad utilitarista que desconoce las bases mismas de la praxis que, más que ejercer, padece. ¿Qué campo laboral le corresponde a la filosofía? Pregunta quien desconoce su presencia en el metadiscurso de cada ciencia, de cada arte y en cada pensamiento (sea consciente de ella, o no). ¿Qué sentido tienen las discusiones filosóficas? Pregunta aquel que cree que para saber no hay que leer, que el conocimiento ético o político (por nombrar algunos) se posee intuitivamente, y que cita con asiduidad a Kant o a Marx sin saber cómo llegaron esas nociones a su cabeza.


            ¿Y para qué sirve, en efecto? Me pregunto yo, con la convicción de que la filosofía no ha de ser mundanizada, puesto que ella hace mundo. Acaso escuchemos a lo que pide Aristóteles en el famoso cuadro de Sanzio, pero sin mezquindad.

1 comentario:

  1. Excelente ensayo. El estudio de las Humanidades tiene un doble propósito: hacernos más humanos y preservar nuestra propia humanidad. El individuo forjado en la fragua de la techné e impulsado por el viento de la utilidad, se convierte en autómata. Afortunadamente todavía quedan amantes de la sabiduría.

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