Aún están a tiempo de ir a otro blog a leer otra cosa.

Voyeurismo Lírico es un polvoriento depósito de ideas al que vengo a divagar desde los quince años. Encontrarás artículos de opinión sobre ética, política y otros temas relacionados con la filosofía, así como también mis incursiones en la prosa poética y otras manifestaciones de la retórica.

Mis escritos son crípticos hasta para Turing y mis pseudoensayos son políticamente incorrectos (dos cualidades que, para colmo del lector, considero sendas virtudes). Las entradas con publicación previa al 2012 son francamente malas, y me avergonzaría de su existencia en la red si no fuera porque me recuerdan que, a pesar de todo, he aprendido a escribir durante estos años.

Bienvenido al blog que nadie lee, del infortunado estudiante de filosofía que tiene ínfulas de escritor pero vive en Venezuela.

lunes, 1 de febrero de 2016

La primacía de Dionisio: dialéctica apolíneo-dionisíaca y el irracionalismo en la obra nietzscheana

Apolo y Dionisio

Lo que se presenta en El Nacimiento de la Tragedia" como una reflexión sobre el teatro griego, los fundamentos para una teoría del arte y una crítica del juicio estético, es en realidad una obra de condena al quehacer lógico-argumentativo o lógico-discursivo, la abstracción, el logocentrismo, los valores de la ilustración y la noción de verdad manejada por la tradición filosófica occidental. De igual forma, se muestra promotora de una serie criterios heredados del romanticismo, como la “nobleza” del instinto, la apología al onirismo, el arte como criterio de verdad – análogo a la afirmación de John Keats de que “la belleza es la verdad” – el individuo como creador de realidades, la validez de la mentira, la primacía de lo inconsciente y del impulso como detonantes de la acción humana, la visión de un mundo inaprehensible y la tendencia hacia lo imperfecto o inconcluso, con el trasfondo de lo infinito.

                Estas afirmaciones serán dilucidadas a raíz de la alegoría apolíneo-dionisíaca en el marco de la tragedia, donde más que una relación de tensión u oposición, parece haber una total subyugación del elemento irracional sobre el racional: la evidente primacía de Dionisio sobre Apolo en las consideraciones nietzscheanas sobre la existencia y el papel que juega el individuo.  A partir de aquí será legítimo atender diversas inquietudes, como la pregunta por la pluralidad y el consenso, o de si es posible eludir la intolerancia y la exaltación a la coacción como elementos que se desprenden de las páginas de Nietzsche.


-       Lo trágico de la existencia: Angustia, dolor, búsqueda de placer e instinto creador.


Nietzsche concibe la existencia como una experiencia funesta, abrumadora, terrible y aplastante. Una realidad que carece de substrato, de un significado intrínseco o de dirección objetiva, y que produce en los corazones de los hombres la angustia y la nausea. El alemán, en una suerte de fenomenología vitalista, se apresura en descartar el dualismo kantiano entre fenómeno y nóumeno, y afirma que (…) sólo hay un único mundo, y ese es falso, cruel, contradictorio, seductor, carente de sentido” [1] y no ha contraposición con ningún otro mundo.

Tomando el relevo de Heráclito,  define la realidad como apariencia, como constante devenir, variable, mutable y que no se sostiene sobre significado alguno. Ella toda es ambigua, confusa, indeterminada, y, por lo tanto, inaprehensible. El ser encuentra a sus espaldas el vacío, el azar y nada más.

“ (…) nosotros, que estamos completamente presos en esa apariencia y que consistimos en ella, nos vemos obligados a sentirla como lo verdaderamente no existente, es decir, como un continuo devenir en el tiempo (…)” [2]

El alemán describe alegóricamente al mundo como un juego de dados, todo multiplicidad, y desorden, sin embargo, en un juego probabilístico, como un cúmulo de combinaciones finitas dentro de un tiempo infinito:

 “Si es lícito que el mundo sea pensado como una determinada cantidad de fuerza y como un determinado número de centros de fuerza —y toda representación sigue siendo indeterminada y, en consecuencia, inutilizable — de ello se deriva que ha de recorrer un número calculable de combinaciones, en el gran juego de dados de su existencia.” [3]

De esta manera introduce otra de las premisas fundamentales para entender su concepción de la realidad: La del eterno retorno de lo mismo.  El estado del universo no sólo es el caótico, sino que está condenado a repetirse de forma cíclica. Así, Nietzsche niega la posibilidad real de progreso en materia de lo humano, afianzando aún más lo trágico de su condición en la existencia.

“En un tiempo infinito toda posible combinación se habría alcanzado una vez, en algún momento; más aún, se habría alcanzado infinitas veces. Y puesto que entre cada combinación y su próximo “retorno” han de haber pasado todas las combinaciones incluso posibles en absoluto, y cada una de estas combinaciones determina la sucesión entera de combinaciones en la misma serie, con ello estaría demostrado un ciclo de series absolutamente idénticas: el mundo como ciclo que ya se ha repetido infinitamente  muchas veces y que juega su juego in infinitum[4]

Así, en la realidad nietzscheana, el hombre se encuentra frente al mundo como  El caminante sobre el mar de nubes - de Caspar David Friedrich-  frente al abismo que representa la fealdad del mundo, y, además, atrapado en un círculo vicioso, en la eterna repetición estéril, cual Sísifo en su condena. La existencia es, para Nietzsche, malevolente; he ahí el elemento trágico que acompaña inexorablemente a la vida del hombre. Ahora bien, Nietzsche negará que esto conduzca necesariamente a la resignación y rechaza el pesimismo de Schopenhauer: “(...) la tragedia no da lecciones de resignación” [5]. Es del elemento trágico de su existencia, del dolor, la frustración, y la insaciable búsqueda de placer, que el hombre saca la voluntad para expandir sus fuerzas, para reafirmarse y perseverar en el ser: no sólo sobreponerse, sino imponerse gracias a él. A esto llamará la voluntad de poder, que a diferencia de la voluntad schopenhauriana, no es sólo una voluntad de vivir, sino un impulso de someter a esa realidad e, incluso, a otras voluntades. Este es el principio creador, o lo que fundamente la acción y la creatividad el hombre: una respuesta instintiva, emocional, una pulsión. El hombre es partícipe de un instinto creador, facultad casi mística, puro deseo y volición, que proviene de una realidad no objetiva y por lo tanto no puede estar fundamentada en la racionalidad o la universalidad. La voluntad de poder es un pathos que surge del mismo devenir.

El individuo adopta la identidad del demiurgo, para someter la realidad, transfigurarla, falsear su fealdad y hacerla placentera, deseable. “Imprimir al devenir el carácter del ser – esta es la suprema voluntad de poder” [6] la búsqueda del consuelo metafísico. 


-       Forma por sobre el contenido: La mentira como facultad gnoseológica por antonomasia.

En base a estos preceptos metafísicos, Nietzsche sostiene la futilidad de la razón, puesto que no existe nada propiamente inteligible. No hay posibilidad de un conocimiento verdadero, entendido como adaequatio o correspondiente. De nuevo, ese principio creador que surge de lo irracional, se conduce a través de lo irracional. El hombre, que se reconoce como una gota de lluvia en la vasta multiplicidad y cuyo afán por conocer el mundo resulta estéril, da cuenta de la mentira para domar esa hostil realidad: la falsea para hacerla digna de ser vivida. “Necesitamos de la mentira para vencer a esa realidad (…) la mentira es necesaria para vivir” [7] necesitamos la mentira como el cuerpo necesita el alimento, y el conocimiento queda relegado a un vulgar medio para satisfacer esa necesidad. Así como critica a Sócrates y Platón por la tentativa de interpretar racionalmente el teatro trágico y la música [8], de igual forma considera inútil la razón dentro de la tragedia humana. Y no sólo inútil sino, un signo de decadencia.

El alemán carga contra lo que él considera un afán de subsumir el conocimiento al ámbito lógico-discursivo –a la disección de lo múltiple– contra la predilección por el contenido y la discriminación de la forma como un simple medio de lo que se comunica. Para él, es precisamente la forma por sí misma la que tiene verdadero valor.  De manera que todo quehacer intelectual queda relegado al papel de mera ficción. “La metafísica, la moral, la religión, la ciencia, entran en consideración e este libro sólo como formas diversas de la mentira” [8]. El error de la razón, según Nietzsche, es creer que no se es participe de la tragedia, que no se está sumergido en el río heracliteano, sino que se es juez de la misma.  Aquí identifica la supuesta tensión entre Apolo y Dionisio, extrapolada del arte dramático a la realidad.

Lo Apolíneo es considerado de forma peyorativa como una huida de lo trágico y un aferrarse al consuelo – máximas universales, la abstracción, lo inmutable y lo ideal – desviando la mirada de lo humano, desdeñándolo y añorando, como consecuencia, el “más allá” y aquello que representa su aniquilación. En cambio, esa “buena voluntad de la apariencia” que da cuenta del eterno retorno de lo mismo –de lo efímero e insustancial de la existencia– y que ve a los ojos a esa fealdad, aquello que vivifica, es identificado en lo dionisíaco.   El onirismo y la embriaguez son elevados a virtudes que permiten dar cuenta de la Divina Comedia de la vida, con todos sus infiernos [9] El hombre irreflexivo e impulsivo, es el hombre noble de Nietzsche.

Para Nietzsche, la única facultad que permite dar cuenta de esta lucha dicotómica, es el arte. “Sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo” [10] Nietzsche saca al arte del rol que al que la tradición filosófica occidental lo había sometido –el segundo plano frente a lo cognitivo o intelectual– y lo monta en un pedestal como la facultad gnoseológica por antonomasia. Para el alemán, todas las manifestaciones del pensamiento son formas de arte. El arte como facultad falseadora, como esa mentira necesaria. “El arte y nada más que el arte. El arte es el gran posibilitador de la vida, el gran seductor para la vida, el gran estimulante para vivir” [11].

En otras palabras, está el arte del que se tiene consciencia de que es arte, y, por lo tanto, de que es una mentira o verdad a medias como la realidad misma (cuya consistencia no es mayor a la del mundo del sueño [12]) y también aquel que olvida su propia constitución como falseador y se “contamina” con la pretensión de verdad –aquel del que se asquea Zaratustra–. El primero es aquel que permite conocer al ser, y a través del que es posible la vivificación, o exaltación de ese “ánimo” por vivir. El segundo es considerado una degeneración del arte, un signo de  decadencia; un homúnculo producto de la deshonestidad y la vanidad del  artista.

Nietzsche propone que es Dionisio quien “desenmascara” a Apolo como “otro” mentiroso. Le recuerda al hombre que él creó sus máximas y sus universales, y que estos no abarcan la totalidad de la experiencia.

El arte tiende a la plenitud, dice Nietzsche, pero una plenitud no concreta, que parece tender siempre hacia la nada, hacia la ambigüedad – premisa cuya herencia es evidentemente oriental-. La belleza que muestra el arte no es ideal, sino que incluye la fealdad, lo terrible y abominable de la vida – que es aquello de lo que el hombre dionisiaco saca su voluntad, “su excedente de fuerza”, desgaste al que “teme” el hombre apolíneo, que es débil y “decadente” – y a este revolcarse en la inmundicia, llamará Nietzsche la divinización de lo terrenal, del “más acá”. En esto consiste la experiencia vital de la verdad y el conocimiento: la consciencia del juego con la realidad en el arte.

-       Voluntad de poder y afirmación: Lo dionisíaco contra lo socrático

Expuestos de manera sumaria – y probablemente escueta – los principios metafísicos y epistemológicos de Nietzsche, es menester atender a sus consecuencias éticas y políticas.  Dentro de un mundo inaprehensible, donde la actividad humana gira fundamentalmente en torno a estímulos inconscientes, la necesidad de imponerse a la frustración y satisfacer deseos que no pueden aplacarse nunca, ¿qué tipo de relaciones han, forzosamente, de darse?

¿Qué alternativa les queda a los hombres para resolver sus desacuerdos o discrepancias, en su camino por saciar esa sed perpetua,  habiendo descartado el tribunal imparcial de la razón y la posibilidad misma de emitir juicios fiables o certeros sobre el mundo?  El único criterio posible en este mundo carente de significado, donde la razón es juzgada como insuficiente para aprehender  ninguna clase de verdad --excepto que dicha verdad no es posible–, donde  todo se resume  a la experimentación y la interpretación subjetiva– cuál homo-mensura protagórico -  y donde el ejercicio mayéutico de Sócrates es considerado un síntoma de decadencia, enfermedad y cobardía, rasgo de quien es incapaz de afirmarse, repito, el único criterio posible como solución a cualquier clase de desacuerdo, es el de la intransigencia y la imposición: el de la violencia.

De este relativismo nietzscheano, que pretende hacer frente a lo que el alemán señala como la rigidez y prejuicios de la moral judeo cristiana – el altruismo -  se desprende a su vez la rigidez y el dogma. Si el acuerdo racional no sólo no es posible, en el sentido de que el mundo no es contemplado de manera racional y que no hay verdades o certezas universales a las que remitirse, sino que además la duda o la vacilación es contemplada como un síntoma de debilidad, de quién carece de voluntad de poder, la alternativa se reduce a la total afirmación o la total negación de una postura de acuerdo exclusivamente a nuestros apetitos o impulsos: a la arbitrariedad de unos sentimientos imposibles de identificar, de la inconsciencia.

Así, el acuerdo entre los hombres, el consenso, queda imposibilitado en esencia. Cuando el mundo de las ideas es vetado, clausurado o desechado, el objeto de la desavenencia pasa a ser el propio individuo. No hay debate, sino una violenta oposición entre necesidades instintivas o pasiones antagónicas, cuya resolución solo puede ir en detrimento de una de las dos partes. Un esfuerzo en conjunto para dar respuesta al disentimiento es un sinsentido, porque, como pudo dilucidarse, la verdad no se halla ni se acuerda: se establece, se fija y se sostiene. A juicio de Nietzsche, esa actividad socrática - y cualquier tipo de esfuerzo lógico discursivo centrado en el contenido y no en la forma - nos impide sumergirnos en la multiplicidad del devenir y adentrarnos en las profundidades de la existencia, de ese río heracliteano. En última instancia sólo valen nuestras percepciones y nuestros deseos, en una suerte de solipsismo moral sostenido estrictamente en la irracionalidad; al übermensch no le interesa lo que otros tengan que decir.
Esa retórica de Nietzsche, en la que prima la idea del contraste y oposición, o baile – ditirambo –, entre contrarios – Apolo y Dionisio-  que para el incauto puede pasar por mentalidad crítica o principio saludable de escepticismo, resulta ser todo un entramado que legitima la obcecación, la intolerancia y las ideas de corte absolutista. La aparente tensión dicotómica desaparece en cuanto uno pasa de la superficie poética-relativista hacia la raíz beligerante del discurso. La rebeldía hacia la razón se convierte en un grito desesperado en pro de justificar la validez de cualesquiera que sean mis motivos para actuar, los reconozca o no, eliminado por completo cualquier escala de valores para poder afirmar así que mi irracionalidad es igual a tu racionalidad; mi capricho es igual a tu honradez.

Dionisio atropella a Apolo, como los postulados de Nietzsche atropellan toda posibilidad de civismo o respeto para el género humano. El eterno retorno de lo mismo, esa negación al progreso, que según el pensador alemán justifica la actitud dionisíaca, parece justamente una consecuencia de la misma: la vida se transforma en una bacanal,  donde nada más puede haber sino locura, ebriedad y destrucción entre fuerzas en las que nada queda de armónico.


       Nietzsche es, sin duda, precursor y promotor de los principios irracionalistas que dieron pie a muchas de las corrientes filosóficas que predominaron en el siglo XX y que aún hoy día forman parte de nuestro imaginario cultural contemporáneo. La concepción de los sentimientos como motor principal de la acción humana,  la primacía del inconsciente y su idea de la voluntad de poder pueden rastrearse desde Freud, a Heidegger, y, sin remitirnos a la academia, se encuentran en el bagaje conceptual dentro de manifestaciones de la cultura popular.  Nietzsche permanece como baluarte en la eterna lucha contra el intelectualismo, la racionalidad, y los valores occidentales, y aún goza de gran popularidad, por su inagotable maleabilidad, entre diversos movimientos de índole “anti-establisment”, conformados por esa incontenible raza rebeldes sin causa que también rechazan el contenido por sobre la forma, y que prefieren la revolución y la violencia por encima de la reforma y la construcción. 



Notas

[1] Nietzche, F. (2008) “Fragmentos Póstumos”. Editorial Tecnos, Madrid (España). Tomo IV, Noviembre de 1887 – Marzo de 1888, 11 [415], pp. 491-492.
[2] Ídem.
[3] Ibídem. Primavera de 1888, 14 [188], pp. 505.
[4] Ídem.
[5] Ibídem. 11 [415], pp. 491-492.
[6] Ibídem. 7 [54]  pp. 283
[7] Ibídem. 11 [415], pp. 491-492.
[8] Nietzsche, F. (2012) “El Nacimiento de la Tragedia”. Alianza Editorial (España), pp. 111
[9] Ibídem, pp. 31-35
[10] Ibídem, pp. 69
[11] Nietzche, F. (2008) “Fragmentos… pp. 491-492
[12] Ibídem, pp. 31-35

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos los derechos reservados.

Todos los articulos aquí publicados son única y exclusivamente de la autoría de Manuel Gerardi Y tanto estos como el Kuaguro están protegidos bajo derechos de autor.



















Buscar este blog